lunes, octubre 13, 2003

Tolerancia, razón y convivencia

Engreídos y mamones como somos, Edith y yo contábamos con pocos o ningún amigo cuando recién casados. Bueno, sí, teníamos un buen amigo que se enceló cuando nació mi hija y nos dejó de hablar por ser padres melosos. Sí, ésos que sólo piensan en lo que aprendió a hacer su bebé: mover el dedo gordo del pie, el dedo meñique independiente del anular, hacer un ruido parecido a "agua", el brinco a la cuna. Mi buen amigo de la universidad se puso celoso. Pinche Mario.

Fue Jimena la que nos hizo salir de nuestro ensimismamiento. En los desayunos en domingo en la Jaula de las Locas (el Vip's del Angel) le sonreía a locos y locas, turistas y turistos. Con todo mundo platicaba. Salíamos con 5 globos siempre. Poco a poco, tanto Edith como yo nos dimos cuenta que platicar con la gente no es tan dificil. No digo que sea tarea fácil, pero es cosa de ponerse al tanto en como va una novela o un reality show, y con eso puedes empezar cualquier plática. Del fútbol siempre estoy al tanto y en el otoño me actualizo sobre béisbol y NFL. Y todos tenemos un pariente al tanto de esos temas tan exquisitos!

Empezamos a pensar que "tolerancia" debía ser nuestro segundo nombre. No queríamos (no queremos) una inadaptada social más. Eso seguro. Pero de eso a una fan del Chavo y de las novelas infantiles de Televisa hay una respetable distancia. O un muro insalvable, vayan ustedes a saber. No, no iba por ahí. La tolerancia, ese valor de nuestra democracia que tanto nos ha vendido el IFE los últimos años y con el que Edith y yo nos quisimos sintonizar no daba lo suficiente.

Tolerar implicaba un acto de "apechugamiento". Tolerar al compañerito que le mordió el cachete el segundo día de clases, o al que la tiró de un jalón de cabellos la semana siguiente no era la mejor fórmula. Eso era claramente intolerable. Y fue su guía montessori la que nos dio una palabra más cercana, cara: Convivencia. Convivir implica entendimiento, respeto, compartir y disentir, evadir la imposición pero también el silencio. Medir la distancia y procurar un equilibrio entre tu yo y el "los demás". Explicar eso a una niña de cuatro años, por muy inteligente que sea, ha sido un trabajo de Job posmoderno. Convivir equivale también a pedirle que, si quiere leer sus cuentos de Barbie, lo debe hacer ella sola en su cuarto. A nosotros no nos gusta y a ella sí. Eso no podemos (no queremos) compartirlo. Si quiere leer Harry Potter sí podemos compartirlo. No que sea mejor o peor, eso sí nos gusta.

Nuevo como soy en la blogósfera me encuentro amigablemente sorprendido. La convivencia es un signo abundante. Ok, no es universal ni mucho menos infinito, pero yo no me puedo quejar. No tolerancia, sino convivencia. Agua y aceite conviven con notable estabilidad. Me gusta, me da esperanza.