There is no such thing as WOM

lunes, octubre 27, 2003

Miedo, 3a. parte 

    
Los must y los must not de los blog han restringido enormemente mi escritura. Pero como ahora mismo, y por primera vez, escribo por necesidad (extrañaba las noches de hotel solo lejos de casa, sí que las extrañaba) valdránme madre la blogtiqueta que dice que evites ser un blogreflejo o un cancionero picot (nomás los treintañeros entendimos ese chiste, me cae) y escribiré de otros blogs y de la música.

Primero, Arbol Nitsuga, en ejercicio del sincretismo al que tanto somos dados los chilangos, nos regaló las calaveritas webloggeras y como me hizo un pequeño comercial, es necesario que se lo devuelva. Chidas, adecuadas, crípticas para uno que es de reciente ingreso a este "maravilloso mundo de la microescritura" pero harto divertidas.

Y aunque no es superniña, se puso su traje y bien que lo intentó. Yo diría que lo logró.

Sigo anonadado con el link urgente del viernes. Es que cuando se habla de gustos, la fascinación por lo viejo me cala hasta la médula.

La vejez me lleva a la infinita envidia con la que miro los conocimientos musicales de la generación de blogueros. Yo simplemente no pude seguir el paso. En mis mozos 20's sí que "la movía" y tuve mi epifanía cuando compré el "Out of Time" de REM dos días después de su lanzamiento mundial y 5 (Cinco!!) semanas antes de que llegara a primer lugar la deliciosa "Losing my religion" (actually I've never had one of my own). De hecho también llegué a tiempo por el Green y solo Document lo compre a posteriori. Sí, a U2 sí llegué tarde y fui parte del mainstream aunque por edad no debió haber sido así, pero lo de REM fue mi mejor logro.

Buscando siempre mi WOM me clavé en la textura de tres buenos candidatos: Peter Gabriel, Mark Knopfler y Robert Fripp.

Peter Gabriel me decepcionó cuando se asoció con Sinead O'Connor, a quien en su tiempo consideré oportunista y me he tenido que comer mis palabras. Si bien es cierto que nunca fue tan grande como Kate Bush (lástima de apellido, pero ella fue famosa primero), sí cumplió un digno papel en el toquín que dieron en el Palacio de los Rebotes. Don't give up fue mi inspiración "cornejiana" cuando mis seres más queridos apenas podían comer frijoles con lo que yo ganaba. La debilidad es cabrona y la sencillez de dejarse levantar por una buena frase, a la fecha, procuro no perderla. Peter Gabriel me regaló otro gran momento con "In Your Eyes", pero en específico la versión del PoV, concierto filmado por Martin Scorsesse en una gira en 1990 que hizo con Youssou N'Dour y Ravi Shankar. Colgada como 13 minutos, la voz y el estilo de Youssou crean una magia salvaje alrededor de la descripción del amor más arrebatada y precisa que conozco: La clase de amor en la que creo es la que describe Gabriel en In your eyes: Quiero estar completo en tus ojos. La visión del amor como sentimiento y como "facilitador" de la unión. Una visión pesimista del mundo (realista, de hecho) y donde lo único bonito que uno tiene, pero suficiente para sostenerlo toda una vida, son los ojos de aquella a la que uno ama. En eso creo.

Mark Knopfler llegó a mi vida acompañado de su voz aguardientosa y su desparpajo vía MTV, esa que todos odian y que, en mi juventud, era la diosa anhelada: Money for nothing. Campeona en la era del videorock la llamó Jaime Almeida en un programa. Y por esa puerta en apariencia pueril descubrí un disco que me cambiaría la vida: Brothers in arms. Entendí porqué no me gustaba pelear (porque no me gusta) Knopfler me dió los buenos pretextos que necesitaba para huir de las madrizas (uno a uno y colectivas). No, no es por arreglar las diferencias con razones, querido Smeagol.

Sultans of swing, versión Live Aid 1985, con Mel Collins contrapunteando con el saxofón los requintos delirantes de Knopfler, los teclados bachianos de Alan Clark y los soberbios batacazos de Hal Lindes era mi definición de orgasmo musical en la adolescencia.

Robert Fripp dio sentido a mi confusa adolescencia. No sentido, definición es más adecuado. Confussion will be my epitaph. Y el rollo de que el conocimiento es un amigo mortal si nadie establece las reglas ajustó mis coordenadas mentales. Las programó en BIOS. Años después de descubrir a King Crimson y ya que me había empezado a hartar de la confusión adolescente, me topé con un disco solista "Let the power fall". Ahí Robert Fripp cerraba el círculo explicando la necesidad de la disciplina como fundamento del orden social. Pero no la disciplina que uno entiende, sino la autodisciplina. Un concepto amplio, poderoso y de muy dificil, lenta digestión. Todo se vale, no se vale de todo. Einstein había citado a Schopenhauer con algo similar: Un hombre puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que quiera. Esa frase me había torturado años porque la entendía como correcta sin tener idea de porqué. Robert Fripp me lo explicó y no en una de sus canciones si no en un rollito que escribe en ese disco. La legítima y necesaria rebeldía ante el orden establecido a partir de una base que a mí me ajustaba como correcta, el mirar por todos, por el individuo y por el colectivo. Que ninguna, absolutamente ninguna imposición era válida, pero que la autodisciplina era indispensable.

Y de ahí a este, mi pequeño intento de pequeña disciplina, solo hubo un paso: Mis niñas.

Armando Samano lo opinó a las 11:10 p.m.