There is no such thing as WOM

miércoles, marzo 17, 2004

El Silencio de los Inocentes 

    
En la famosérrima película, Hannibal Lecter dice (a través de Clarice Starling / Jodie Foster, ambas de Sámano) que empezamos a desear lo que vemos todos los días. No sé una jota de Psicología (Dr. Simultáneo, agradeceré su asistencia) pero lo asumo como cierto. NAPG me dejó un comment en el post anterior preguntando de dónde nace mi interés por España, pareciéndole atípico, y creo que vale la pena abundar en el tema.

Mi mamá me decía, cuando yo era niño, que España, aquél país que nos enseñaban a odiar en la escuela diciendo que nos habían invadido, colonizado y maltratado (sí, como todos seguimos siendo tan indígenas y el mestizaje es un concepto etéreo o francamente inexistente), era para esas fechas (principios de los 70's) un país pobre y sin mucho futuro, que seguramente después de Franco y con los desmanes del "destape" navegaría sin rumbo fijo en el "concierto de las naciones". Mi madre basaba su teoría, como casi todas, en la sabiduría popular; en el hecho de que Raphael y Rocío Dúrcal (Cucamonga se equivoca, la rival de Angélica María siempre ha sido la Rocío) pasaban largas temporadas en México pepenando los favores del siempre "generoso público mexicano" dispuesto a mantener a la farándula española ya que allá no había así que digamos mucha industria. Viéndolo en perspectiva, la realidad tardó 10 años en permear el subconsciente colectivo y para 1982, cuando ya España se encaminaba a la integración europea, y por lo tanto a la prosperidad, la clase media baja mexicana los seguía mirando con algo de lástima. Eran los tiempos de Camilo Sesto y el Miguel Bosé cursi de "Linda".

Bien adoctrinado por seis años de sistemática destrucción neuronal, llegué a la Secundaria malqueriendo bastante a los ezpañolitos, sin conocerlos casi nada. Mi profesor de Español me enseñó algunos secretillos del idioma y por el idioma empecé a quererlos (ok, él me enseñó mucho más que algunos secretillos, pero yo no era un buen alumno) y Lope de Vega me maravillaba por prolífico, y Pérez Galdós patrocinó algunos sueños húmedos adolescentes con su Marianela.

Vino la prepa y la invasión de los Hombres G, Mecano, Nacha Pop, Radio Futura, Toreros Muertos, La Trinca y mi favorito, Danza Invisible, entre muchos otros. Algo tenía que estar pasando en España para que después de sólo conocer a Camilo Sesto y Raphael de repente trajeran ese tipo de rolas. Decidí tratar de enterarme. Ahí supe qué tanto se pareció Franco a Porfirio Díaz y las eternas quejas (alimentadas, oh ironía de la vida, por el último criollo de México, José López Portillo) de que las taras sociales mexicanas (centralismo, improductividad, vana obsesión por las humanidades) eran heredadas de los españoles. No, esas son culpas nuestras y responsabilizar a los demás es bastante bobo.

Luego vino el creciente rumor: Algo están haciendo bien los españoles que, teniendo un presidente socialista, han logrado desarrollo económico. Me interesé un poco más. Traté de saber quién era Felipe González, de qué la rolaba, etc. También ETA inundaba las noticias en ese tiempo y yo la verdad no entendía nada del problema del País Vasco.

En 1997 entré a trabajar como Gerente de Ofimática en Mapfre México. Ofi-qué?, siempre me decían los proveedores y amigos: Ofimática, automatización informática de las labores de oficina, creía yo que eso estaba clarísimo. Sí, Mapfre está controlada y dirigida por españoles, así que si no me enteraba de lo que pasaba en la península podía darme por políticamente muerto al interior de la empresa. Ya Aznar había llegado a la Moncloa y Felipe se la pasaba "aconsejando" a las "democracias" latinoamericanas la mejor forma de lograr trancisiones políticas tersas después de dictaduras o regímentes totalitarios (como el del PRI en México), olvidando mencionar el pequeñísimo detalle de que la democracia requiere acompañarse de desarrollo económico para madurar un poco más rápido, en el caso español provisto por las ayudas (enormes ayudas) de las potencias europeas.

También por esa época los mexicanos nos quedamos sin prensa escrita. No que nunca la hubiéramos tenido, para nada. Pero la Jornada inició su declive y el Financiero siempre fue demasiado especializado. Siglo XXI en Jalisco y El Norte en Monterrey incubaron Reforma y Público, pero en honor a la verdad, el País nos parecía el NY Times en comparación con cualquiera de esos. Así que, tal como dice Lecter, a fuerza de leer el País con cierta frecuencia, España empezó a volverse algo más que una entelequia.

Dicha transformación culminó en el 2000, cuando mi cuñada Serena, hermana de Edith, víctima de amor por Internet (conocen ustedes alguna historia de esas?), se fugó literalmente de casa de mis suegros para irse a Barcelona a casarse con un catalán. Ahí vamos todos en manada, cual buena película mexicana, a conocer al perverso que se atrevió a robarse la flor más querida por mis suegros. Lluís Casaramona Caballero hacía completamente honor a su apellido y, caballero en la máxima extensión de la palabra, nos recibió a todos de la mejor forma posible. Con tal amabilidad, y claro, conociendo de cerca lo que ya había empezado a leer, se completó el círculo. Además, por supuesto, que descubrí todo lo que involucra el FC Barcelona, y siendo panbolero de corazón, puessss...

Así España entró en mis afectos, así he mantenido estrecho contacto, sí, mucho más con Catalunya. Y aunque estando allá las diferencias me parecen notables, cuando veo a Lluis en México, como comenté en Tacos & Blogs, no es otra cosa si no un gachupín más. Digo, así se ven a la distancia, que nadie se ofenda.

Cada quién puede tener y contar su historia. Estar en contra o a favor o indiferente, de España o de cualquier pueblo del mundo. Pero la sangre llama, y nos guste o no, aunque nuestras abuelas sean indígenas, nuestros abuelos son españoles.

Armando Samano lo opinó a las 5:16 p.m.