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martes, marzo 29, 2005

A mí me gustan los clásicos 

    
Los pocos que he leído, escuchado y visto, me gustan. Releí este fin de semana la historia de Ifigenia en Áulide y ví completa la trilogía de El Padrino por enésima vez. Reparamos en que el corto "Jack Jack Attack" y el ataque del Night Crawler de X-Men 2 comparten la Dies Irae del famosísimo Requiem de Mozart como fondo musical. El País Semanal trae un artículo sobre los 100 años de la muerte de Julio Verne.

Todos esos clásicos me remitieron a Jimena: Ifigenia me hizo fantasear en los sentimientos que tiene un padre capaz de sacrificar a su hija y los sentimientos de la hija capaz de "honrar el sacrificio del padre. En el Padrino todo acaba con la muerte de la hija del mafioso, el karma y justo pago a toda una vida de cabronez. La Ira de Dios le llamó muchísimo la atención, a pesar del miedo que le inspiró el mero concepto, y en mayor medida siendo ilustrada de forma tan gráfica por ambas series de escenas. Su género favorito de lectura es la ciencia, poco falta para animarla a la ciencia ficción y parece que el libro "propiamente dicho" que terminará primero (Harry Potter no cuenta) será 20 mil leguas de viaje submarino.

Para la famosa discusión de los clásicos creo que Italo Calvino ya dijo lo que se tenía que decir al respecto y como sea recomiendo su lectura. Pero me percaté que la formación en "clásicos" que le hemos dado es demasiado básica. No pienso meterle dosis intensivas de mitología grecorromana y Mahler en cápuslas de 500 mg, pero sí que buscaré la forma de incluir sutilmente dosis y nociones de que la historia, lejana y árida, suele ser parte de los cimientos en los que se hizo la casa de ideas en la que vivimos.

Es, entiendo y vivo, un arma de doble filo. El conocimiento es un amigo mortal si nadie establece las reglas (no lo digo yo, lo dijo Pete Sinfield) y la verdad yo siempre me he sentido huérfano cultural por mi ignorancia en clásicos, pero he percibido que aquellos que los dominan suelen perderse fácilmente en los vericuetos de la admiración y la adulación y por lo tanto, o más bien, en lugar de, pierden el espíritu, el ánimo, el impulso creativo.

Sí, el equilibrio entre creación y herencia, no sólo de riqueza económica sino también de riqueza cultural. Ese es también un dilema clásico.

Armando Samano lo opinó a las 4:35 p.m.