There is no such thing as WOM

martes, octubre 11, 2005

Rebelión 

    
Los diferentes posts de la gente que asistió al pasado "Vive Latino" en el DF, me tocaron bastante la conciencia. Es algo muy personal, mi relación con la rebeldía. Cuenta mi madre, y yo le creo, que de niño era el "niño modelo", siempre bien portado, hasta atildado. Recuerdo haber tenido una noción obsesiva, excesiva del "bien".

Pero mi obsesión era, como todas las obsesiones, solamente un pretexto para poder ocupar mi tiempo libre, que era mucho. Yo me obsesionaba con pensar en lo correcto, lo que estaba bien. Incluso me hacia, ya no tan niño, preguntas sobre la naturaleza de lo correcto y lo que es "el bien".

También, y a pesar de mi obsesión, tenía yo problemas con la autoridad. Mi ñoñismo no impidió que, en tercero de primaria, me quedara sin el papel estelar en la obra del año de la escuela, Jesucristo Superestrella por protestar. La subdirectora estaba de mal humor y nos había dejado sin almuerzo en el recreo porque quería que siguiéramos ensayando. Se acercaba el día del Festival de las Madres y había muchos detalles por afinar. Yo llevaba el papel estelar, no por mis facultades en el canto (negativas bajo cualquier medida) sino por mis facultades con el idioma inglés. Como sea, me negué a "ensayar". Me sentía con la autoridad moral (y circunstancial, siendo yo el que había practicado todo el tiempo el papel principal) de ejercer presión. Juro por mi hija que no lo hice por quedar bien con nadie, en ese entonces no me importaba ser popular o héroe de las masas infantiles. Solamente me parecía que el castigo era injusto, incorrecto, que estaba mal.

Me quitaron el papel de Jesús y se lo dieron a mi mejor amigo de ese tiempo, José Alberto Rivera Medellín, si no mal recuerdo. A la subdirectora poco le importó mi sentido de justicia y mi alegato. La autoridad era lo que estaba en juego, no el bien o el mal. Entendí de inmediato.

Tan entendí que de ahí hasta más o menos los 14 años, mi obsesión infantil sobre el bien y el mal se transformó en obsesión por el sentido de la autoridad. De dónde nacía el poder que tenían las autoridades. Entendí, durante ese tiempo, que el 99% de ese poder era circunstancial. Mi entonces formación cristiana completó la idea: "no tendrías poder alguno si no te lo hubiera dado mi Padre", que para mí era lo mismo que la suerte.

Pero no me rebelaba. Solo procuraba estudiar el fenómeno. Sí retaba un poco los puntos en los que los profesores sentían que basaban su autoridad, pero no a fondo. Siempre autocontenido yo, trataba de tener algo parecido a "respeto", no por la autoridad, pero sí por la autoestima del individuo que detentaba cierto nivel de poder.

Y poco a poco me dejó de importar la autoridad. Pasaba yo de lado y me sumergí en mí mismo. Fue una coincidencia, porque lo hice en el momento en el que mi familia cambió diametralmente su circunstancia. No sabría decir si fue causa, efecto o mera coincidencia.

Mi primer "concierto de rock" fue una experiencia mítica para los chilangos: el concierto de Rod Stewart en el estadio La Corregidora, en Querétaro. Hasta antes de eso, los conciertos de rock, desde Avándaro, el festival de rock y ruedas organizado por los niños Del Llano (Luis y Julissa, fresitas ellos) eran tabú en la sociedad mexicana. La rebeldía que se asociaba a tales eventos levantaba muchas sospechas y cejas entre la bienpensante clase media. Cierto es que había hoyos fonqui, tocadas en barrios bajos y algunos eventos "underground" pero eso era inaccesible para un clasemediero wannabe como era yo entonces (sí, es cierto, sigo siendo) y ni el RebelD' punk ni el Tri eran de mi gusto en ese entonces.

Al ver lo que era un concierto de rock entendí que mi burbuja seguía a salvo y que los eventos masivos ya no eran lugares donde la gente se rebelaba contra la autoridad sino meros centros de entretenimiento y recreación. De ahí al 94 gasté todo el poco dinero que tenía para ocio en conciertos. Quedé a deber una tarjeta de crédito por comprar los boletos de U2 en el 92 en el Palacio de los Deportes.

Por eso ahora que ví el Vive Latino sentí que, por lo menos un poco, los conciertos, algunos, han recuperado ese espíritu de rebelión. Íntimamente sigo despreciando la rebelión, me parece un comportamiento adolescente, tribal, instintivo y, casi, inocente. Nunca fui joven, nací viejito. Y eso, la rebeldía, es lo único que me duele no haber tenido nunca. Espero que cuando de verdad sea viejo no se me ocurra rebelarme contra mi edad y hacer realidad el famoso dicho "después de vejez, viruela".

Armando Samano lo opinó a las 9:13 a.m.